lunes, 17 de febrero de 2014

VIAJE A TURQUÍA (DIA 8: PAMUKKALE)

VIAJE A TURQUÍA  (DÍA 8: PAMUKKALE )

Abandonamos la Capadocia después de una estancia inolvidable de 4 días. Que podéis ver en estos enlaces.


  - Capadocia (Valle de Ihlara y Rosa, ciudad subterranea de Derinkuyu)
- Capadocia (Valles de la Capadocia: Rojo, Blanco y de las Palomas)
- Pamukkale 
- Ruinas romanas de Afrodisias   
 - Ruinas romanas de Éfeso  


Tomamos un vuelo de bajo coste en el aeropuerto de Kayseri que por unos 50 euros nos llevaría hasta el aeropuerto de Izmir (Esmirna) en el sureste de Turquia.

En el mismo aeropuerto alquilamos un vehículo por un par de días con el que aprovechamos para visitar Pammukale, Afrodita y Efeso.

Nuestro primer destino sería Pamukkale. Nos separan un total de 220 kilómetros, pero todos ellos por buena carretera.


 
Llegamos al atardecer y tras dejar nuestras maletas en el hotel, nos dirigimos a lo que venimos a ver en este pequeño pueblo.

Pamukkale quiere decir en turco "Castillo de algodón" y es una palabra que lo define muy bien, ya que en la parte alta del pueblo nos encontramos con un alto acantilado de una blancura deslumbrante.
Fuentes calientes de entre 30 y 50º C con una gran cantidad de sales calcáreas, han moldeado la montaña desde hace miles de años, en una cascada de extrañas formas, fosilizadas y de una blancura deslumbrante.

La entrada costaba en 2013 unos 10 euros al cambio y está abierto todos los días 24 horas, en la entrada se incluye a parte del paseo por los manantiales, la visita a la interesante Hierápolis romana situada en lo alto del acantilado.
Junto con Hierápolis, Pamukkale, está declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1988. 
 El yacimiento tiene tres taquillas y tres aparcamientos de pago, nosotros entramos por la entrada sur en la parte inferior del acantilado, donde existe una laguna artificial donde podemos dar un tranquilo paseo.




Este fenómeno natural produce gruesas capas blancas de piedra caliza y travertino que bajan en forma de cascadas por la ladera de la montaña, lo que da la sensación de estar ante una catarata congelada. Estas formaciones también adquieren el aspecto de terrazas de travertino en forma de medialuna que contienen una capa de agua poco profunda dispuestas en el tercio superior de la ladera formando escalones, que oscilan de 1 a 6 metros de altura, o estalactitas que sostienen y unen estas terrazas.



Desgraciadamente, el yacimiento no fue protegido en el pasado, y todos los hoteles de alrededor hicieron piscinas para recoger agua de las fuentes calientes.  Como resultado los manantiales quedaron secos.
Además, se construyó una rampa de asfalto para acceder a la parte principal. Los turistas se paseaban con los zapatos puestos, se lavaban con jabón y champú en las pozas, subían y bajaban por las laderas montados en bicicletas y motocicletas.   Las manchas comenzaban a recubrir la blancura de antaño.
Finalmente las autoridades han puesto en marcha un plan de protección y restauración del yacimiento con el apoyo de la Unesco.  Se han demolido todos los hoteles, y las horas de turistas que desfilan todo el verano están canalizadas para que atraviesen solo una pequeña zona del yacimiento.



Esta zona ha sido recreada con pequeñas piscinas artificiales imitando las creadas por la naturaleza.  Y para proteger la blancura del blanco travertino, es obligatorio atravesar todo el yacimiento descalzo.
Aunque es cierto que este tramo es artificial.  El encanto de la blancura de toda la montaña, junto con la agradable sensación de mojar nuestros pies en las cálidas aguas termales, nos pareció una experiencia inigualable.



Debido a este proceso de regeneración se ha reconducido el agua del manantial por un canal que circula próximo a la rampa utilizada por los turistas.  Es por esto que la mayoría de las pozas naturales que vemos a nuestra izquierda cuando ascendemos estén secas.  De esta forma se permite que vayan poco a poco blanqueando al sol, y recuperando el esplendor pasado.
En la parte de arriba existen otras pozas naturales que si tenían agua, no obstante por temporadas también las secan, redirigiendo el agua, para evitar que puedan mancharse.



En las pozas artificiales que encontraremos podemos pegarnos un chapuzón (aunque cubren muy poco).



Llegamos a la parte alta del acantilado, donde comienza la visita de la Hierápolis romana.



La ciudad fue establecida por Eumenes II, rey de Pergamo, alrededor de 180 a.C. Colapsó luego de un terremoto durante el reinado de Tiberio en el año 17. La ciudad fue reconstruida, y tuvo significativas transformaciones en los siglos II y III que le hicieron perder todo su antiguo carácter helenístico para convertirse en una urbe típicamente romana. En ese período, se convirtió en importante centro de descanso veraniego para los nobles de todo el Imperio, que acudían a ella atraídos por las aguas termales. Posteriormente bajo dominio bizantino, cayó en poder de los selyúcidas en 1210. Fue destruida completamente por un terremoto en 1354.



Mientras caminamos a la parte norte de las ruinas.  Observamos a nuestra izquierda otras zonas de la formación caliza pero más deteriorada.







 La ciudad alberga tres necrópolis, al sudoeste, al norte y al este. Siendo uno de los mayores y mejor preservados cementerios de Anatolia.



Se conservan las puertas de la ciudad, construidas en diferentes épocas:  Una de ellas es esta que vemos en la foto. Puerta de Domiciano, construida por Julio Frontino, procónsul de Asia Menor en los años 82-83, durante el imperio de Domiciano.



Las puertas del norte y del sur están unidas por una vía de columnas, a cuyos costados se hallan importantes construcciones. Se trataba de la vía Plateia, que constituía la vía principal de Hierápolis.

 




La Plateia contaba con una anchura de trece metros y  atravesaba  la ciudad de norte a sur. Esta importante calzada se hallaba pavimentada con grandes bloques de caliza.



El  teatro fue construido durante la dinastía flavia, durante la reconstrucción de la ciudad realizada en ese período. Durante el principado de Septimio Severo (193-211 d.C.) fue reformado y enriquecido con estatuas y relieves.



Tras su restauración, podemos rememorar su pasado esplendor observando los frisos con escenas mitológicas de Apolo y Artemisa. Se han conservado treinta de las cuarenta y cinco filas de asientos con que contaba el teatro.



Pero si hay un momento que hace aún más mágico este lugar, es el atardecer.  El blanco predominante hasta ahora, da paso a tonos violetas y rojizos que se reflejan en las pequeñas pozas, creando un atardecer único en belleza.








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